Mil años de arte pintado en la puerta del desierto.
Dunhuang fue un oasis en el borde del desierto de Gobi y la última parada china de la Ruta de la Seda. Todo lo que pasaba por aquí dejaba algo, y el resultado son las cuevas de Mogao: 492 templos excavados en un acantilado, con pinturas que cubren mil años.
Es también un paisaje puro: dunas de hasta 250 metros justo al lado de la ciudad, y el lago de la Luna Creciente, que lleva siglos sin secarse rodeado de arena.
492 templos rupestres con pinturas y esculturas desde el siglo IV. Se visita con guía especializado y número limitado de plazas diarias.
Un lago en forma de media luna al pie de las dunas, que no se seca desde hace siglos. Al atardecer, con los camellos subiendo, es la estampa de Dunhuang.
Dunas de 250 metros que suenan al resbalar la arena. Se suben en camello, en trineo o a pie.
Una ruina de fortaleza han al borde del desierto, que marcaba la frontera oeste del imperio.
Zumo de albaricoque, brochetas y artesanía. La mejor cena de la zona, y la más barata.
Un espectáculo basado en las figuras de las cuevas. Turístico, sí, y también bonito.
Abril a junio y septiembre a octubre. En julio y agosto hace mucho calor (y mucha gente); en invierno hay servicios cerrados pero dunas vacías y luz limpia.
Dunhuang tiene aeropuerto (DNH) con vuelos desde Xi'an, Lanzhou y Urumqi, y conexión por tren de alta velocidad con Jiayuguan y Zhangye. Se integra en cualquier ruta de la Ruta de la Seda.
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